Yolanda Pardo
He llegado a sobrevivir con la debilidad y la fuerza de tu ausencia y tu presencia. Con el dolor, las lágrimas secas, las posibilidades perdidas.
Ya ves, no te he olvidado, un hijo se engendra y siempre se lleva en las entrañas. Lo veas o no, está presente. Lo sufres o lo gozas, pero siempre con una esperanza, por eso tienes que vivir.
Lo impregnas y te impregna de su esencia y siempre vive en ti, nunca sale de ti. Presente, siempre presente, sí, fuiste, eres y serás. Si la premisa es cierta de que la materia no se pierde, se transforma, mucho más la del espíritu que es inmune y eterno, en donde guardo mi amor por ti.
Presente en tus cosas, en el pensamiento, pero sobre todo en el sentimiento, no te puedo olvidar, imposible olvidarte.
Te amo con mi esencia, en tu esencia, mezcladas, fundidas, amalgamadas, irremediablemente inseparables.
No te pude besar, no te pude abrazar con mi cuerpo, pero cada día de mi vida, te apapacho con mi alma en mi mente, en mi corazón, en mi conciencia.
Te llamo y me llamas en mis sueños y en mis realidades te pido perdón.
No pude festejar ni un solo aniversario tuyo, no te pude ver crecer, no conocí tu voz ni tus balbuceantes palabras cuya primera anhelaba fuera mamá. No tuve la oportunidad de amamantarte, de cambiarte un pañal de bañarte y vestirte con todo el pequeño pero selecto guardarropa que a lo largo de tu gestación compraba pensando en ti.
Han pasado los años. Tu hermano ya es un hombre y creo que a él también le has hecho falta para compartir todo lo que los hermanos comparten hasta para confabularse en contra de mamá, para defenderse de extraños, contarse sus cuitas y consolarse de desamores y fracasos.
Cuánto te he llorado, cuánto te he extrañado y cada julio y agosto vienen con más fuerza tus breves, pero intensos recuerdos. Marcaste mi vida y de qué manera. Te he imaginado de mil formas con diferentes personalidades y profesiones de cómo habrías sido en tu pensar, en tu actuar, en tus sentimientos y como serías ahora.
Pero bueno, tú me elegiste y yo te elegí para que viviéramos esta experiencia que pudo ser feliz pero que nos hacía falta a ti para seguir tu camino y a mí como lección de vida para aprender a salir de una situación tan inesperada como devastadora y seguir rumbo a ti.
Como siempre, una rosa blanca más, que, con su belleza, pureza y aroma, espero te acerque a mí, aunque sea en tu aniversario nunca festejado, siempre recordado.

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