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Con razón o sin ella, tengo razón

Yolanda Pardo

El ser humano es muy dado a querer siempre tener la razón y entabla discusiones interminables, subidas cada vez más de tono, para probarlo y demostrarlo, aunque, la mayoría de las veces, utilice sólo sofismos.
Será cuestión del ego, de la autoestima, de incomodar al “contrincante”, una necia necesidad o de querer auto confirmar la supremacía sobre los demás, pero puede ser realmente enfermizo y agotador.
Algunas mentes obcecadas en pensar que siempre tienen la razón y los demás están equivocados, refuerzan de esta manera su auto estima y reequilibran sus disonancias cognitivas.
También hay opinadores profesionales cuyo objetivo es demostrar a toda costa que ellos tienen la razón y los demás están equivocados, desestabilizan la armonía y echan por la borda toda empatía.
Dar su opinión es una cosa y otra muy distinta aferrarse a sus creencias, aunque sean falsas o no del todo verídicas y finalmente, quien actúa habitualmente de esta forma, sufrirá irremediablemente la soledad, el aislamiento y la pérdida de su salud.
La obsesiva necesidad, mejor dicho, necedad del hombre por tener la razón ha causado muchas desgracias a la humanidad, pretendiendo ostentar la verdad a costa de lo que sea. Desde las religiones, cualquiera que sea, cuyos preceptos, creencias y dogmas proclaman como los únicos verdaderos, hasta asociaciones, instituciones y partidos políticos que adoctrinan a pueblos enteros enarbolando su verdad con frases hechas, preconcebidas, clichés más que gastados, pero que algunas veces todavía les son de utilidad para sus fines abyectos.
Por egoísmo y egocentrismo, la necedad de conseguir tener la razón, no tiene límites, aunque se parta de una premisa totalmente falsa.
Jean Paul Marat escribió: “Las revoluciones empiezan por la palabra y concluyen por la espada” es decir, que todo lo que comienza siendo una discusión desemboca en una guerra y todo por defender una razón incierta, cuando ninguna de las partes cede y se termina discutiendo con las armas, situación en la que todos pierden.
La necedad de tener razón no respeta la individualidad de los demás. Cada ser humano nace con un código genético único que nos hace diferentes y funciona de manera distinta, por lo cual puede haber tantos puntos de vista como individuos en este planeta, sobre la relatividad de lo que creemos, aprendemos (o nos han enseñado), vemos, pensamos y expresamos.
Habrá siempre un sinnúmero de diferentes maneras de pensar, lo importante para una buena relación armoniosa de convivencia, es respetar todas y cada una de ellas y abrir la mente para también reflexionar y aprender sobre otros puntos de vista ajenos al propio.
Puede ser también que, de diferentes enfoques, dos puntos de vista estén reflejando la verdad sobre un mismo asunto y entonces ¿cuál es la verdadera? “La verdad de las verdades, la mitad de las mitades”.
Esa actitud implacable con los demás, ya sea a nivel familiar, social, laboral, política o religiosa, conduce a un aislamiento total, mata la curiosidad y la posibilidad de aprender algo nuevo. Además, su intransigencia lo llevará también a deteriorar su salud.
¿Por qué no discutir ambos puntos de vista y llegar a un acercamiento de la verdad?
Como dicen por ahí, es mejor ser feliz que tener la razón, sin embargo, hay personas que sólo son felices cuando la tienen.

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